Estoy en Barcelona: el hombre de Plaza Catalunya

Estoy en Barcelona. Pero el calor de las dos primeras semanas de septiembre me nublaba la vista y no me dejaba estar en Barcelona. "No seas tonta, anda a la playa", me escribían desde Chile. "Ya, no seas exagerada. Todas los usan", me rebatían mis conocidos cuando comentaba que me negaba a comprar shorts. Porque los shorts del primer mundo revelan incluso mucho más de lo que yo sé de mí misma.
            No podía ver, apenas respirar. El metro era una tortura, las calles eran una tortura, los lugares cerrados eran una tortura; y el aire acondicionado un bien escaso. 
            Pero se fue el calor y pude ver, pude estar; estar en Barcelona, por fin. Pude ver al hombre que vive en la estación de metro Catalunya, justo en el pasillo que conecta con el ferrocarril. 
            El hombre, joven, de unos 30 años, se cobija sobre unos cartones y unos trozos de ropa. Luce sus pies descalzos a quienes caminan a prisa para alcanzar el tren. Tiene un vaso para recolectar dinero junto a un cartel con un mensaje que, probablemente, nadie se detiene a leer, porque todos saben que, si se retrasan treinta segundos, tal vez deban esperar diez minutos para el siguiente tren. Y nadie, enfatizo, nadie, debe querer permanecer más de lo necesario en el andén, porque allí dentro pareciera que es verano siempre: el aire (normal, no el acondicionado, es un bien escaso). El hombre de Catalunya no pide dinero, no intenta convencer a los turistas moviendo el vaso para hacer sonar las monedas. Simplemente está ahí, tapándose la cara para tratar de conciliar el sueño por la mañana, mientras centenas de pies dan pasos enérgicos a la altura de su cabeza.
            Junto a él siempre hay un libro. La portada está medio descuidada y desgastada, por lo que la tapa está a punto de desmoronarse. Las hojas lucen usadas: del típico color blanco amarillento que adquieren luego de repasarlas tantas veces. Probablemente, debe ser lo primero que lee por la mañana y lo último que lee por la noche, a las 00.00, en días laborales, cuando cierra el metro y se apagan sus luces. Tal vez lo sábados no duerme, porque es día de fiesta y la estación opera toda la noche. Tal vez no duerma porque debe aguantar a los guiris (extranjeros) borrachos que vienen de algún bar de La Rambla, o porque aprovecha los focos del metro para leer el libro que no se despega de su lado y que cada mañana parece más usado.

            No tengo la más mínima idea de qué libro sea. También desconozco si el hombre es un apasionado de la lectura o no, pero lo único que puedo pensar cuando lo veo en las mañanas es que esas cuatrocientas páginas (es un libro gordo, menos de eso no puede ser) lo calman en sus momentos de ansiedad. Pienso que tal vez esa sea la razón por la que es un mendigo silencioso, porque no mendiga, solo dispone. Pienso que esas cuatrocientas páginas lo distraen mientras espera que algún día el vaso de plástico se llene con el suficiente dinero para que haga lo que tenga que hacer. 

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