El no

El día de su matrimonio María despertó a las 5 de la mañana. Se lavó la cara siete veces para  convencerse de que no estaba soñando: que por fin se iba a casar, que por fin iba a tener un Mercedes-Benz y una casa en la playa. Después se puso muchas cremas: para las arrugas —que no tenía—, para el acné —que la abandonó a los 17— y para las bolsas de los ojos —que le saldrían después de desvelarse haciendo dormir a los tres hijos, dos niñas y un varón, que tendría con su prometido—. Sacó del botiquín del baño un frasco de pastillas. La etiqueta decía que eran vitaminas de algo, pero en realidad solo eran mentas. Y María lo sabía. Sabía que no necesita vitaminas; pero quería creer que necesitaba cosas de novias. Se echó a la boca seis.

Bajó a tomar desayuno. Le untó dos capas de mantequilla a las tostadas. Era imposible que el día d
e su matrimonio engordara los dos kilos  que había bajado para entrar en su vestido blanco invierno Vera Wang. Trató de beber el café mientras una mujer la peinaba y la intoxicaba con laca. Antes de terminarse el pan, vio en la tele la noticia de una madre que, luego de haber dado a luz a trillizos, hace cuatro años, aún no lograba volver a su peso normal.

No permitió que la terminaran de peinar. Subió al baño a lavarse la cara siete veces más, para ver si podía revertir la situación y despertar de una pesadilla. Sabía que lo que que había visto en la tele no se solucionaba con cremas.


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