A los cuarenta y algo

Conduce con los vidrios abajo, deseando tener un descapotable para sentir aún más la velocidad del viento. También fantasea con un deportivo para ir más rápido y acaparar miradas, porque su BMW color burdeo del ’96 no le parece suficiente.
Escucha a In-Grid, una francesa que canta una especie de tango electrónico. No tiene idea de qué dicen las letras, pero el ritmo ondero de la música le hace bastante sentido y le parece un sonido apropiado para la crisis de los cuarenta que lo aqueja desde hace año y medio.  La canción Tu Es Foutu le recuerda a sus años mozos: a cuando era joven, sin hijos, sin una ex esposa loca y sin trámites de divorcio en curso.  Paradójicamente, en español el título se traduce a Estás jodido, pero él no lo sabe.

En 1988 llegó a Santiago con su familia. Venían de recorrer todo el país, de norte a sur, por el trabajo de su papá y nunca les había tocado una parada en la gran capital. Él y sus hermanas estaban emocionados por conocer la ciudad y mezclarse con la gente bacán. A sus papás les daba lo mismo, solo les pedían que tuvieran cuidado y que no se confiaran de los santiaguinos.

Cuando cumplió 17 años su viejo le regaló una camioneta Nissan Patrol 4x4. Se sentía imparable, indestructible. ¿Y quién no se siente así con una chaqueta de cuero, lentes de sol estilo aviador, una sonrisa impecable y un peinado perfecto? Se sacó tantas fotos como pudo con su joyita. “Yo era el más top de todos”, les diría más tarde a sus hijos mientras les enseñaba las polaroids.

Dicen que con el primer amor se pierde la noción del tiempo y es imposible pensar en algo más que en esa persona. Para él, aquella Nissan amarillo mostaza de cuatro puertas fue su primer amor. No recuerda nada mejor que conducir por Providencia con los acordes de Modern Talking emergiendo por las ventanas y dejando boquiabiertos a los peatones que salían del trabajo en hora punta, resignados a retornar a sus casas hacinados en las micros amarillas, mientras él disfrutaba de las vistas luminosas del atardecer porque sí. Años más tarde cambiaría el repertorio musical por La Bouche, pero con un volumen reducido para que la mal enseñada de su sobrina se quedara dormida con la esperanza de que, al menos una noche, nadie se desvelara en su casa de La Florida.

Se detiene en un semáforo y aprovecha de contestar un mensaje de texto de su ex. “¿Te puedes quedar con los niños este fin de semana?”, le pregunta. El tango electrónico de la francesa In-Grid sigue retumbando en los parabrisas, los únicos cristales que no se pueden bajar. La luz cambia a verde, pero no se da cuenta porque sigue contestando el mensaje de la, por desgracia, madre de sus hijos. Los otros conductores empiezan a tocar bocinazos y a hacerle señas para que avance, pero él ni se inmuta. De repente se baja una mujer del auto de atrás y se apoya en su ventana. “Esta es la mía”, piensa él, porque se estará quedando calvo y tendrá un poco de sobrepeso, pero no hay nada que un perfume Carolina Herrera y una camisa Polo no puedan arreglar.  “¿Qué te creís?, ¿estrella de rock? Avíspate y muévete, hueón”, le dice molesta la morena y se va.

Qué importa, aún le quedan la música, el viento, la velocidad y los recuerdos.

*Para C.J., que siempre me lo pidió.


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