De excursión

La lista decía: 12 huevos, pan, lechuga, tallarines del Nº5, 1 Kg. de harina sin polvos de hornear.

Los guardias de la entrada me quedaron mirando. Me empezaron a tirar besos y a decir esas cosas de viejos verdes. Yo hice como que no escuché. Tan babosos estaban, que se les pasó abrirles la puerta a un viejito cojo, que iba con bastón, y no podía empujarla él solo. En esos momentos le encuentro razón a mi mamá cuando me dice cabrita, el jumper debe ir solo dos dedos sobre la rodilla, y me dan ganas de darle toda la basta.

No quise sacar un carro, porque iba a parecer una solterona que va al super a comprar víveres para nadie más que ella misma y sus ocho mil gatos. Con un canasto bastaba.

Para entrar pasé por entremedio de una caja, la número 22. Le pedí permiso a una señora. Me miró feo y me dijo ¿y para qué está la entrada, cabra lesa? Disculpe, le respondí. Parece que no le bastaron mis disculpas, porque mientras me iba, la vieja me gritó algo. No sé qué fue, pero estoy segura de que se quedó alegando sobre lo irrespetuosa que es la juventud hoy en día.

Varios metros más allá de la caja, en el pasillo de los fideos, las salsas y las cosas para cocineros amateur, me encontré con una amiga de mi mamá.  Me preguntó tantas veces cómo me estaba yendo en el colegio, que hasta yo me convencí de que me va bien. No sé para qué insisten en eso, como si una fuera a decir ¿sabe qué?, me va mal, muy mal. El profe de Química me odia, con suerte sé sacar el Mínimo Común Múltiplo, estoy a meses de dar la PSU y no tengo ni puta idea de qué estudiar. Si le hubiese respondido eso, yo creo que deja de jugar cartas con mi vieja y se busca una partner con una hija menos porra. Y como si no fuera suficiente, de repente apareció otra vieja más: la Olga, campeona de Carioca por cuatro años seguidos y ex mejor amiga de mi mamá.

—Fernandita, linda, ¡tanto tiempo! ¿Cómo has estado? —preguntó la muy perra.
—Bien —no me iba a esforzar más por ella.

Y ahí estaba la otra copuchenta, disfrutando el espectáculo. Seguramente que después se iba a poner a cahuinear. Le pedí que por favor no le contara a mi vieja que me había encontrado con la Olga, porque después le baja la ira, le da depresión y termina desquitándose conmigo.

Como atajo a la zona de verduras me fui por el pasillo del café. Creo que es lo único que no odio del supermercado. Me encanta ese olor envolvente. Me hace imaginar que dentro de unos años estaré tomando un expreso hecho en mi cafetera, en el balcón de mi departamento en Providencia. También me gusta mirar las etiquetas de los envases. Hay algunas que tienen relieve. Las sigo con el dedo para delinear las letras de la marca y jugar como niña chica. Trato de analizarlas, pero no entiendo nada. Algún día voy a saber cómo elegir un buen café. Por el momento, solo conozco un tipo: el con leche. Cuando estaba inspeccionando uno de los productos, vi a un tipo bien mino. Le eché unos 35. Noté que me miraba, pero no como típico viejo verde. Me había sonreído varias veces. Por fin los muchos centímetros del jumper sobre la rodilla estaban haciendo su pega. Me iba acercando con la excusa de preguntarle sobre un café. La alegría se me terminó cuando a su lado llegó una morena alta, flaca, regia y le dijo mi amor. No me quedó otra más que seguir caminando y hacerle la supuesta pregunta a un gordo friki que tenía una polera de Eclipse, la saga de las películas de vampiros, que, a todo esto, parece que no se la cambiaba hace rato porque olía a empanada de pino con harta cebolla.

De cinco cosas de la lista, tenía cuatro. Me faltaba el pan, que estaba por salir del horno. Había tanta, pero tanta gente, que me daba lata esperar. Pero mi mamá me había dejado una nota en la que era tajante: “Quiero hallullas. Ni se te ocurra a traer pan de molde”.

Apareció el panadero con las bandejas y, por un momento, el cálido olor del pan recién horneado casi me desconcentra. Las personas se amontonaron como si se fueran a subir al Metro en hora punta. Yo estaba al final y no sabía cómo entrar. Para poder conseguirlo tenía que derribar a todas esas mujeres robustas que ya tenían experiencia en agarrar puesto: en la feria, en el consultorio, en el banco y, por supuesto, en el supermercado. De verdad lo intenté, pero fracasé. Me sacaron tantas veces del montón, que me quedé con tres panes todos helados y manoseados. No pude vivir la adrenalina de agarrar la hallulla con cinco bolsas en la mano, para prevenir quemaduras que pueden dejas cicatrices.

Para variar, la fila para pagar era eterna. Y eso que estaba en la de máximo quince unidades. Antes de imprimir la boleta, la cajera me preguntó si quería donar cinco pesos a la fundación no-sé-qué. Le dije que sí, porque quería terminar rápido y no estaba ni ahí con andar con chauchas. De repente, la mina que estaba atrás de mí se metió y empezó a decir que no había que donar el vuelto, porque era mentira, que era un negocio redondo del supermercado. La cajera intentó calmarla porque había empezado a gritarle a ella y a los demás clientes. Una señora de la caja de al lado le dijo que parara el show, que cómo no le daba vergüenza. La loca de patio nos trató a todos de ignorantes y capitalistas. Llegaron los guardias, los verdes, y se la llevaron porque ya era mucho.

Después de todo ese espectáculo me imprimieron la boleta y por fin, por fin pude salir.
Para mi mala suerte, me volví a encontrar con la Olga.

—Mi amor, ¿quieres que te llevemos? Me vinieron a buscar en auto.
—No. Me puedo ir en micro.
—Bueno, como quieras. ¿Cuándo vas a ir visitarnos? Tu papá te echa de menos y los niños igual. Sabes que puedes ir siempre. Sabes que es tu casa.

—Sí, po’. Es mi casa desde mucho antes de que fuera tuya —se quedó sin respuesta. Inventó una excusa y se fue. 

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