
Sus amigos nunca lo entendieron. Desde el colegio tuvo
que escuchar comentarios sobre su inusual gusto. Un día su vecino le dijo que
solo le gustaba Santiasco porque no había conocido otras ciudades. Nicolás le
dijo que se pudriera.
Siempre le molestó que menospreciaran Santiago por ser
Santiago de Chile. Nunca se tragó ese
preámbulo de que acá hay mucho estrés y de que la gente camina demasiado rápido
como para tener conciencia de lo que hace. ¿Entonces por qué Nueva York y París
no son repudiadas? ¿Porque se filmaron películas románticas que enseñan a
apreciarlas a pesar su ritmo agitado?
¿Porque una tiene el Times Square y la otra la Torre Eiffel?
—Pero, hueón, cuando sales del Metro Plaza de Maipú en
la noche se ven unas pantallas grandes con publicidad, súper luminosas. Es igualito a estar en el Times. La dura —dijo
Nicolás a uno de sus amigos en uno de los tantos debates.
Cuando pensó que no le podía gustar más algo, la vio.
La vio en la micro 117, camino a Providencia. Vio a Flavia. Flavia Garcés. Una
joven de estatura media, ojos color miel, pelo castaño; que vestía un chaleco
gris dos tallas más grande, unos jeans ajustados, botines negros y un bolso
café que llevaba estampado un parche de los Red Hot Chilli Peppers, la banda
favorita de Nicolás.
Pensó que jamás se volverían a topar. Al día siguiente
la encontró en la misma micro, en el mismo asiento. Y al día siguiente, y al
siguiente. Con el tiempo se fue dando cuenta de que siempre tenía cara de afligida
y que miraba por la ventana intentando saber dónde bajarse. Les preguntaba a
los pasajeros cosas que solo alguien que no es de Santiago preguntaría, pero
nunca fue el turno de Nicolás. Muchas veces él pensó en acercarse, pero le daba
terror.
Un día no lo soportó más y se bajó en su mismo
paradero y entró al Metro con ella, aunque estaba dos estaciones pasado su
destino. Tuvo que correr en las escaleras para alcanzarla y pedir permiso como
loco. Llegó al andén, pero había mucha
gente como para estar cerca de ella. Quedó junto a una señora que usaba un
perfume que olía a antiguo. Tal vez era de segunda mano o una mezcla de
extractos de colonias. Metros más allá estaba Flavia, con el mismo bolso de
siempre, junto a unos pingüinos del Instituto Nacional. Cuando llegó el tren
ninguno logró subir. Ambos quedaron detrás de la línea amarilla, tal como lo indican
los letreros, y casi por inercia uno llegó al lado del otro.
—Te gustan los Red Hot… —le dijo Nicolás a Flavia,
apuntando el parche de su bolso.
—Sí, mucho. ¿A ti también?
Se subieron al Metro y llegaron
hasta Los Dominicos. Luego se devolvieron hasta San Pablo e hicieron lo mismo
tres veces. Parecía que se conocían tanto sin saber nada el uno del otro.
Obvio que Nicolás no le dijo a Flavia
que la había estado observando por las últimas dos semanas. Obvio que Nicolás
olvidó que tenía prueba de Cálculo a las 10.30. Obvio que Nicolás no juntó las
palabras amor y Santiago en una oración.
No hubo espacio para eso.
Se dijeron cosas que se dicen los extraños cuando se
conocen: la edad, la ocupación, la comida favorita, el lugar de origen, nombre
de la mascota y la historia de alguna cicatriz. Para Nicolás era más que
suficiente. Flavia no se quejó ni una vez de la ciudad. Nicolás ya estaba
enamorado, a pesar de que el único dato que conocía de ella era que había
llegado hace un mes a la capital desde Temuco, pero no sabía por qué. La conversación terminó cuando su mamá la
llamó por teléfono y ella salió corriendo. A diferencia de la Cenicienta, no
dejó ningún zapato, pero su enamorado sabía perfectamente dónde encontrarla. A
Nicolás no le importó que lo dejara con la palabra en la boca porque, de alguna
manera, sabía que estaba viviendo en carne y hueso una de esas aventuras
hollywoodenses en las que dos personas se enamoran en la calle con solo
mirarse y luego alguien escribe historias sobre eso.
Flavia se subía a la 117 porque la
señora del negocio, que está al lado de su casa, le dijo que si tomaba esa micro y
luego el Metro, llegaba más rápido a la universidad. No tenía más opción que
creerle. Había llegado de Temuco con su familia hace un mes por problemas de
salud de su papá, y no se manejaba con la locomoción.
Antes de salir, su mamá le decía
todos los días que tuviera cuidado con la gente, sobre todo con los hombres
porque en Santiago eran más frescos que en cualquier otro lado. Le pedía
encarecidamente que la llamara cuando llegara a clases, y que no anduviera con
los audífonos puestos en la calle porque la podían atropellar. Decía que la
gente andaba muy acelerada y que no se daba cuenta de nada. Flavia le decía que
sí, pero en realidad cuando llegaba al paradero ponía play a la música. Eso sí,
cuando iba a cruzar le bajaba el volumen para no sentirse tan culpable.
Por más que trataba, siempre se le
olvidaba dónde tenía que bajarse. A veces se asustaba porque no podía memorizar
todo el recorrido de la micro y se olvidaba de algunos lugares por los que
pasaba. Creía que iba a llegar a La
Legua. Siempre escuchaba en la tele que ahí pasaban cosas malas y por eso le
daba miedo.
Se daba cuenta de que en la micro
siempre iba un joven, como de su edad, que la miraba. Cuando ella trataba de
poner cara de saludo, él se hacía el loco y se metía las manos en los bolsillos
o se ponía a bostezar para pasar piola. Al comienzo Flavia se asustó porque
pensó que podía ser uno de esos frescos de los que su mamá desde chiquitita le
advirtió. Se sacó esa idea de la cabeza cuando lo escuchó hablar por teléfono y
preguntar qué llevaba para tomar once. Sintió que era alguien casero, como ella. De
una familia decente. “Ojalá me pregunte si estoy perdida”, pensaba mientras miraba por la ventana exageradamente. Siempre dijo que ella no daría el primer paso, porque
eso era cosa del hombre.
Cuando vio que Nicolás estaba en la
misma estación de Metro que ella sintió mariposas en el estómago. Se dio cuenta de que él no se iba a subir al tren que
acababa de llegar, porque se había parado varios pasos atrás. Ella estaba de las
primeras en la fila, así que tuvo que dejarse empujar para poder salir del
montón. Quedaron los dos solos en el andén, detrás de la línea amarilla. De
a poco se empezaron a acercar, como si fueran un imán.
—Te gustan los Red Hot… —le dijo él
a ella.
—Sí, mucho. ¿A ti también?
—respondió Flavia al instante. Aunque ya sabía la respuesta, porque en la micro
siempre notaba que Nicolás escuchaba con el máximo volumen Scar Tissue y que,
por la forma de recrear el beat de la batería con las manos, tal vez era su
canción favorita.
Congeniaron de inmediato. Llegaron hasta
Los Dominicos y luego se devolvieron a San Pablo. Lo repitieron tres veces.
Su mamá la había llamado en cuatro
ocasiones. Flavia cortaba el teléfono, tratando de pasar piola para que Nicolás
no se diera cuenta. No quería que su primera conquista santiaguina pensara que
ella era perna porque la llamaba su mamá. A la quinta vez decidió contestar el
celular, porque le habían dicho que si insistían más de cuatro veces, era
porque creían que estaba perdida y darían aviso a Carabineros para iniciar la
búsqueda. Flavia salió corriendo y dejó la conversación a medio terminar. Sabía
que lo volvería a ver al día siguiente en la 117, aunque ella supiera que esa
ya no era la alternativa más rápida para llegar a la universidad.
Para cuando Flavia llegara a su casa
tendría uno nuevo amor, pero su papá ya no estaría para conocerlo.
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